
Me estoy haciendo viejo. Estos días se cumplen diez años desde que dejé Marcha Films para abrir otro capítulo en mi vida, con nuevo trabajo, nuevos amigos, nueva vida, en definitiva. Sin embargo, los seis años que pasé trabajando en ella (1994-2000) fueron los más gratificantes que he vivido profesionalmente hablando. Con ellos (Javier, Gil, Edu, Gema, Gemma, Eduardo, José, Vicky, Rosa, Alberto, David C., David D., Samantha o Claire) aprendí lo mucho o poco que sé sobre la manera de hacer cine y publicidad. Fueron mi familia durante esos largos años y casi me fui cerrando la puerta y sacudiéndome el polvo de los zapatos. Yo empecé trabajado en el plató de la productora, con José, haciendo de todo. Todo ese trabajo que no se ve en la producción y que te sitúa en el escalón más bajo de la lista de personal. Asistencia de rodaje era lo que yo hacía. Un cargo muy genérico que lo englobaba todo. Desde barrer el plató o preparar el desayuno a dar de comer a unas gaviotas desde el borde de un acantilado. Eso hice durante casi cuatro años, alternándolos con varios meses de ayudante de dirección que me permitió, sobre todo, conocer el mundo de la postproducción cinematográfica. No tenía mucha responsabilidad y eso me permitía ver como trabajaban los que de verdad sí la tenían. Aprender, eso fue lo que hice. Como digo, no sé cómo, con el tiempo, me vi de ayudante de dirección. Realmente no sabría decir muy bien que fue vieron Javier, Gema o Gil para considerar que yo podía desempeñar ese trabajo. Una labor en la que ahora sí tenía cierta responsabilidad. Con los castings lo pasaba fatal. Tuve que hacerlos e intentar no hacer el ridículo delante de la gente que se presentaba. Montando la cámara, colocando el forillo, manejando el video assist, tomando los nombres y datos de los asistentes y luego mostrándolo al director. Ese nuevo puesto incluía también estar presente en la postproducción de las películas. Era duro estar rodeado de gente que llevaba años en su trabajo y yo no sabía diferenciar una máquina Flame de un Fire o un Inferno y menos para que servía cada uno. Me flipaba la facilidad que tenía Gema o Javier a la hora de presupuestar salas de postproducción de saber lo que iba a necesitar. Que si telecine a una luz de todo el material o sólo de las tomas montadas, que si un poquito de flame, algo de fire, Avid para el montaje off line y para el montaje definitivo, que si copias de emisión (Taba... graba, no lo olvidaré nunca). Ah, y eso de llevar y recoger el material a Fotofilm. Yo sabía que el puesto que tenía en la productora era mi techo. No podía subir más, y teniendo en cuenta que al final se incorporó Alberto como otro ayudante de dirección y que Gema me seguía viendo como el chico que barría el plató, mi salida voluntaria o forzada era cuestión de tiempo. Los roces con Gema Crespo eran cada vez más frecuentes y empezaba a vivir una situación que no me era desconocida y que ya había vivido en Navy Seal con Alejando.
Fue la decisión de casarme lo que hizo las cosas más fáciles para todos. Mi situación laboral en la empresa me impedía seguir en ella con una familia a mi cargo y el hecho de decidir cambiar de ciudad fue la razón definitiva para marcharme. Durante los primeros años cuando subía a Madrid iba de visita a la oficina y veía, sobre todo a Javier y ellos bajaron a Cádiz a rodar el spot de inauguración de El Corte Inglés de la ciudad. Fueron dos días, pero qué dos días... (To be continued).

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